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Para Quirino E. Fernández, el mundo entero era un escenario. Expresivo, optimista y desinhibido, era un actor en el teatro de la vida. Para todos los que le rodeaban, parecía ser eternamente feliz, y compartía de buen grado esa alegría con cualquiera cuya vida tocara. Para Quirino, sacar lo mejor de cualquier situación era tan fácil como ofrecer una sonrisa, un comentario ingenioso o el brillo de un ojo. Y con esos simples gestos, podía evocar las emociones más agradables. Quirino dominaba realmente el arte de vivir y se divertía mucho haciéndolo.

Quirino nació el 13 de julio de 1928 en Sonora, Arizona. Sus padres eran Ignacio Fernández y Paula Escatel. En 1932, su madre lo llevó a vivir a México debido a la depresión. Ya de niño, Quirino tenía la capacidad de levantar el ánimo de todos los que le rodeaban. Fue educado para ser cálido, cariñoso y amable. No podía evitar captar la atención de todos. No cabe duda de que era un poco fanfarrón, pero al hacerlo, conseguía entretener a toda su familia. Quirino regresó a Estados Unidos a los diecisiete años para trabajar con su hermano recogiendo algodón.

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Nosotros los guapos es una comedia mexicana que se estrenó en Blim el 19 de agosto de 2016[1] La serie está creada y producida por Guillermo del Bosque para Televisa[2] La serie está protagonizada por Adrián Uribe y Ariel Miramontes[2].

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En la cuarta temporada, Vítor y Albertano ganan la lotería y se convierten en millonarios de la noche a la mañana. Seguirán siendo los mismos, aunque ahora se enfrentarán a nuevas situaciones y harán realidad sus mayores sueños, desde vivir como playboys millonarios en Acapulco hasta dar a su barrio la mayor fiesta que jamás hayan tenido. Además Natacha, una ex policía, llega a sus vidas para convertirse en su guardaespaldas, amiga y compañera de aventuras.

Gracias a un golpe de suerte, Albertano deja fuera de combate al tipo más duro de la colonia, oportunidad que Víctor aprovecha para convertirlo en la nueva promesa del boxeo nacional y así ganar mucho dinero.

Vitor y Albertano consiguen trabajo en una pizzería, y como siempre, cometen varios errores; no pasa nada grave hasta que Albertano prepara una pizza con un ingrediente prohibido, lo que genera un caos total.

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El viaje no iba nada bien. Para empezar, Karen Iglesias no sabía casi nada de la escena musical dominicana. Era una escritora de estilo neoyorquina, actualmente bloguera de moda para la revista ChicaOnline. Sabía cómo escribir artículos que vendieran ropa, productos para el cabello y maquillaje a latinas urbanas de alto nivel. Pero de alguna manera, había sido elegida… para esto.

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Karen y su ayudante, Luis Castillo, se encontraban en Santo Domingo para cubrir el festival anual de merengue y moda dominicano. Después de una semana, Karen estaba convencida de que todo el país estaba conspirando contra ellos. Reuniones canceladas, comidas perdidas, equipaje perdido. Ni siquiera frecuentar el bar, la piscina y el spa del hotel de cinco estrellas de primera categoría había compensado todos los disgustos.

Se había roto un tacón de su zapato en una «trampa gringa», un traicionero agujero en la acera. Por si fuera poco, ayer, Luis, que sí sabía algo de música dominicana, había enfermado después de comer un lujoso plato de pescado en el restaurante más caro de la ciudad: se había contagiado de algo llamado ciguatera, sea lo que sea. Sólo un día sin Luis a su lado, y Karen estaba irritada por los hombres al azar que hacían comentarios tontos, los ruidos de besos en la calle, las propuestas de matrimonio gritadas desde los coches que pasaban. Esta capital calurosa, húmeda, ruidosa y maloliente la odiaba y ella también la odiaba. Especialmente la parte caliente.

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La casa era una antigua Craftsman de madera blanca con ribetes verdes. Se completaba con suelos de madera que crujían, un sótano genial para guardar cosas y la mágica cocina. Había una vieja mesa de aluminio de los años 50 con un tablero laminado rojo que a mis ojos infantiles parecía un tomate picado en un bol. Había un comedor formal con una mesa ornamentada y una vitrina donde se exponía la buena vajilla y la cristalería. En esa mesa cabían 12 personas y siempre había mesas de cartas para los niños durante las grandes comidas de las fiestas.

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Hasta donde puedo recordar, esa cocina estaba llena de buenos olores, compañerismo, amor y comida. Mis primeros recuerdos son en esa cocina, de pie con mi abuela en esa mesa de tomate triturado viéndola picar, mezclar, remover, enrollar, sazonar y saborear. Todo el barrio olía a sus productos horneados, a sus salsas, a sus increíbles moles. Sus pequeñas manos, sorprendentemente suaves, siempre olían a loción de rosas, ajo, cebolla, chiles y comino, un perfume reconfortante.

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